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Acercan sus orillas ...

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jueves, 28 de marzo de 2019

Dialogo etéreo

  
   Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso.



    
         En una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito,. el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.

      Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita.

Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero.

         Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las yapitas caídas en su viaje.

       Esas yapitas, cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades.
Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanecen inntactas. Otras, se enriquecen, como si el tiempo y el olvido -la alquimia cósmica- les hicieran
alcanzar una condición de joya milagrosa.

     Pero llega un momento en que son halladas estas yapitas del alma de los pueblos. Alguien las encuentra un día. ¿Quién las encuentra? Pues los muchachos que andan por los campos por el valle soleado, por los senderos de la selva en la siesta, por los duros caminos de la sierra, o junto a los arroyos, a junto a los fogones. Las encuentran los hombres del oscuro destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, el arriero que despedaza su grito en los
abismos, el juglar desvelado y sin sosiego.

      Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor, meditación y silencio transformados
en dignidad sonora. Las encuentran las flautas indias, las que esparcieron por el Ande las cenizas de tantos yaravíes.

       Y con el tiempo, changos, y hombres, y pájaros, y guitarras, elevan sus voces en la noche argentina, o en las claras mañanas, o en las tardes pensativas, devolviéndole al Viento las hilachitas del canto perdido.

       Por eso hay que hacerse amigo
 muy amigo del Viento
 Hay que escucharlo.
 Hay que entenderlo.
 Hay que amarlo. 
Y seguirlo. 
Y soñarlo.

 Aquel que sea capaz de entender el lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo, alcanzará la copla, penetrará en el Canto.

El canto del viento - Atahualpa Yupanqui



      Cuando hablamos al viento, nunca esperamos que el nos traiga una respuesta.

          Oí el canto de los pájaros, 
el viento en los árboles;
 sentí la caricia de tus manos en las palabras.

Momento mágico que me cautivo y del que no quería salir. 
Pero el viento, nunca para de correr 
y me dejó a tu lado, un instante,
 luego me llevó de vuelta a la realidad. 

          Ruego al viento que me lleve junto a ti, 
de vuelta a la magia de estar contigo,
 en algún lugar que mi imaginación
 no para de inventar.

           Ruego al viento que me traiga de nuevo 
el sonido de tu voz 
la dulce caricia de tus palabras.

         El viento no llama a quién ama,
 a quién sufre; 
pasa corriendo y nosotros
 somos los que tenemos que seguir su rumbo 
intentando no perdernos en su viaje.


          Hoy estoy aquí porque el viento no sopla con fuerza,
 con la fuerza suficiente para llevarte junto a ti.


          Hoy el viento se torna calma,
 transformándose en una brisa ligera
 que apenas trae añoranzas
 de aquel a quien quiero.

MaRia ©





*Fotografías
1: Laura Zalenga© 
 2y3 : Irene Rudnyk Photography ©